Between two worlds, Sahara 

done with the participation of the association Hospitalet amb Sahara

"Un sábado a finales de junio, once de la noche, en el diminuto local de la asociación apenas iluminado con medio neón estábamos amontonados, niños y niñas recién llegados del Sáhara y adultos en parejas, en familias, sueltos, con los que emparejaban a los pequeños de once años, casi todos con aspecto de siete.

Yo sostenía el papel en el que figuraba el nombre, pero no podía saber quién era. Entre aquella jarana la mitad parecíamos perdidos, la otra mitad en su salsa, se hacían fotos, se daban besos, se repartían regalos.

Alguien me indicó que era él y lo colocó a mi lado. Un chico espigado, de piel tan oscura como el local, le brillaban los ojos desorbitados. Me lanzó una mirada fugaz, veloz la desvió. Le rocé el brazo para darme a conocer y un escalofrío lo alejó un centímetro. De nuevo me miró y me rehuyó. Temí que fuera a echarse a llorar, quería sacarlo de allí, tranquilizarle. Sin embargo, nos costó irnos, no atinábamos a contactar, a decirnos el nombre, a despedirnos, subir a un coche y llegar a una casa.

Entonces me puse en su piel sin saber nada de nada de él. Yo me había ofrecido a la acogida sin dudar mucho, convencida de que los chavales y chavalas a los once años son todos iguales: amor, chocolate y un poco de orden. Pero desde que acepté hasta el día de ese primer encuentro me había estado informando de su país, las condiciones en las que vivía, en qué idioma nos comunicaríamos. Cada nueva me dejaba más alarmada que la anterior. Supe que vivía en un campo de refugiados. Sí, ya sabía, pero hay que ver las fotos. Entendí que ni agua, ni luz, ni todo lo que ello conlleva, entendí que sólo hablaba su lengua bien lejana a la mía, menos mal pude decirle: “Salam aleikum”.

Llegamos a la casa, le mostré el baño y los usos, el cuarto y las luces, dejé las puertas abiertas, le avisé de dónde estaba yo. No quiso cenar. Durmió. Callados.


Le dejábamos el plato con galletas saladas cerca del borde de la piscina y no las comía. Llevábamos más de doce horas de ayuno. Le dejamos arroz con tiritas de ternera. Se echó sobre él y a manos veloces se lo zampó. Preparé uno y otro, y entre ellos le proponía pan y lo aceptaba, tomates también, melocotones no, pescado lechuga o garbanzos ni hablar, helados, helados, helados. y chocolate.


Fueron días de gestos, tanteos, sorpresas. Esperaba a que se durmiera para poder dormir yo, daban las tres y nos levantábamos a las seis. Íbamos de piscina en piscina, buscando vocabulario común. Él me ayudaba, me leía las intenciones, verificaba conmigo que todo estaba bien, me daba pistas de lo que quería. Me trajo conchas de la playa, me las depositó con urgencia entre las manos y una enorme sonrisa. Descubrimos los puzles y el Lego. Se abrió una ventana.

Fueron tantas cosas, se interesó por mis creencias, me cuestionaba parte de las decisiones, se apuntaba a casi todas mis propuestas.

Todos los saharauis tienen genio, están acostumbrados a pelear, a reconciliarse. Él también. Pero tenía la mejor de las cualidades, no le duraba el enfado ni diez minutos y en seguida podíamos volver a jugar, a verle el lado positivo a todo, a aprovechar y buscar cómo ampliar la comunicación.


Cada miércoles y domingo intentaba hablar con su familia. No siempre lo conseguíamos porque ellos no tenían whspp, o no daba la línea. Yo me repetía que se trataba de un chico lejos de su casa, de su madre, sus hermanos. Sentía ternura. E impresión. Los mencionábamos a menudo. Hicimos el árbol familiar. Agendas. Tarjetas de agradecimiento. Jugamos a cartas, al dómino, a cualquier juego. Al minuto me ganaba.

Me impresionaba su masculinidad, su plante, su mirada fruncida al enfadarse, su rotundidad al rechazar mis comidas, su determinación en no dormir, su sed de justicia en las labores del hogar. Su perspicacia e inteligencia.

Me conmovía su deseo de entender y cumplir, de aprovechar y hacerlo lo mejor posible, de implicarme en sus descubrimientos. Me llegaban al alma las bromas, su arte jugando al escondite, la primera vez que me deseó buenas noches, etc. Sus pataletas y la de mándalas que coloreó.


Supe que tenía enraizada la fe, se le notaba tanto en el comportamiento. Se le notaba que era un hijo amado, educado en el rigor y austeridad, en la obediencia. Eso me facilitó mucho las cosas, aunque le chocaba convivir entre tantas chicas, su costumbre de “respetar a la madre” me iba que ni pintada.

La falta de idioma común ha sido una pega para todo lo que haya sido poder saber sobre nuestras vidas y una ventaja para habernos entendido a fondo, pura complicidad intuitiva.

Imaginé muchas cosas, e imagino aún. Porque no puedo comprender por qué el mundo es cómo es. De hecho, no puedo pensar mucho porque me desesperaría. Será necesario darle tiempo al tiempo y ojalá se creen los canales.

Me refiero a que me doy de cabezazos con la realidad, y cuando lo personalizo en él, porque ahora se ha convertido en una persona por la que siento apego, me pregunto cómo luchar contra esa realidad, o hasta qué punto tengo que intervenir, y en qué.


Pasamos dos meses estupendos. Agotadores. Nos prometimos repetir el siguiente verano. Él puede, tiene derecho a otro año, según el Frente Polisario. Luego no podrá volver a salir de los “campamentos”, como ellos llaman a los campos de refugiados cerca de Tinduf, en pleno Atlas desértico, en medio de la nada, sin agua, a menos 50 en invierno y más 50 en verano. Ni una palmera que de una flaca sombra. Mírenlo ustedes en Maps, fácil. Y vean las tiendas, haimas, las cabras y el campo de juego. Puro desierto. Asisten a una escuela, pues los campamentos existen desde hace 45 años, algo de organización el Frente provee. Si son muy buenos estudiantes (y él lo es), pueden continuar la formación en Tinduf, internados, sin contacto con el exterior.

Yo espero encontrarlo luego allí, en Argelia. Ya veremos cómo. Porque si no, nada de esto tiene sentido. Tiene que yo quiera dar mi amor, pero ¿tiene exponer a los niños saharauis a solo dos veranos y ninguna posibilidad de mejorar sus vidas?

Estoy intentando entenderlo, dispuesta a transgredirlo."


Monica D Monica D